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sábado, 25 de julio de 2015

Entre dos fuegos (Saga "El reflejo púrpura) - Capítulo 1



Capítulo
I
El amor y el sexo
Ante los ojos de Thomas

Era extraño ver en retrospectiva hacia el pasado, recordaba el estarme viendo en la mesa de la defensa hace ya un poco más de un año, me contemplaba erguido en mi orgullo y prepotencia frente al banquillo de los acusados, señalando con mi dedo índice a algún cliente que culpable o inocente, no era más que eso… un cliente.
Pero la verdad era otra justo ahora, y aunque no era un tribunal, me sentía igual de intimidado por las tres acusadoras miradas, que clavaron en mí sus displicentes ojos.
—¿No pudiste pensar por un segundo en las consecuencias de un acto tan egoísta? —espetó tan molesto Albsev, que pude percibir como la saliva salió abruptamente de su boca, al soltar de aquel modo tan hostil sus palabras— No puedes pensar en nadie más que no seas tú… ¿No es así, Thomas? —Negué con la cabeza.

Orión, quien se encontraba a mi lado, bufó por la nariz, colocando los ojos en blanco, mientras que Astaroth simplemente me miró inexpresivamente, sentado en el mueble individual del lado derecho de la sala encantada que hoy no tenía absolutamente nada grato que mostrar, vislumbrándose tal cual era, un simple salón.
—No es así, Al, yo lo hice…
—No me llames Al con ese maldito tonito tuyo de condescendencia, no vas a resarcir con tus zalamerías lo que has ocasionado, solo espero que esto no haga mellas en la psiquis de la niña y logre asimilar lo que le has soltado sin un ápice de consideración.
¿Cuándo había sucedido esto?.. ¿Cuándo era yo quien callaba ante el alza de una voz que antes había sido tan amable, dulce y taciturna?... ¿Cuándo era yo quien bajaba el rostro y callaba ante una interrupción tan soez?... Sin duda no me reconocía y debía de admitir que comenzaba a odiarme, éste no era yo, no era el Thomas Lestinger que se había pensado comer el mundo, pero aunque moría por levantarme y mandarlos a todos a la mierda, no lo hice, me quedé en el gran sofá, siendo escrutado por los que hacía años atrás, habían sido mis secuaces y los que ahora me acusaban de insensible e inhumano.
—Sabes porque lo hizo, Albsev —soltó Orión, quien se encontraba en el amplio sofá junto a mí, a la izquierda—. Tú tienes la patria potestad de Emma y sabe que está en la cuerda floja, sabe que en cualquier momento te largas de esta casa y te llevas a la niña, y él en vez de pensar en lo que la verdad le causaría a la pequeña, simplemente pensó en él y su maldito egoísmo, restregándole que él era su padre biológico, como si creyera que Emma iba a salir corriendo a sus brazos y llamarle papito… ¿No es así, Thomas?
Volteé a ver de soslayo el rostro acusador de mi primo, quien me miró con el ceño fruncido, cruzado de brazos en una pose tan retadora, que solo deseaba arrojármele encima como el último encontronazo, donde ambos habíamos salido malogrados, él con un labio roto y yo con el pómulo hinchado.
Sentí la mano de Astaroth sobre mi hombro y una paz interior tranquilizó todo deseo de romperle la cara, haciéndome suspirar, mientras me giré para ver al causante de aquella morfina elfica, que eran los dones del futuro príncipe.
—No hagas eso, ¡maldición! —Astaroth sonrió, observando como Albsev clavó los ojos en su mejor amigo, como recriminándole lo amable que éste estaba siendo conmigo.
—¿Qué?... no me mires así… estoy tratando de controlar su mal genio antes de que se vayan a las trompadas. —Traté de sonreír, pero Albsev volvió a clavar su dura mirada sobre mí, teniendo que hacer aquella mueca despectiva, tratando de no reírme ante la cara de pocos amigos que tenía.
Sin duda no era temor, más bien era cierta condescendencia ante el muchacho, ya que el ponerme en modo “amo” sin duda agravaría las cosas entre él y yo, dejando que este nuevo Albsev plantado frente a mí simplemente sintiera que tenía cierto poder sobre mi persona, como venía estando haciendo ya por tres meses con Terius.
Seguía siendo el mismo manipulador, lo admito, y eso de seguro jamás cambiaría, incluso se podría decir que aquella arma la usaba muy a menudo hasta con el doctor Scheffer, logrando de él ciertos permisos, como lograr salir de la casa, lo cual me había prometido estudiar para la próxima consulta.
—¿Puedo saber de qué demonios te ríes, Thomas? —No me había percatado que sonreía ante mis vagos pensamientos, volviendo a retomar aquel lastimero rostro que había usado para tratar de salir airoso de todo aquel embrollo que había armado a causa de mi poco tacto al soltarle toda la verdad a la niña.
—Lo siento, recordaba algo… Mmm… ¿Al?... ¿Albsev?... lo siento.
—Y con eso enmiendas todo, ¿no? —Tragué grueso, como si me tragara lo que estaba a punto de espetarle a Orión, siendo Albsev quien le pidiera callarse la boca.
—No, sé que no… y aunque sé que tarde o temprano había que decírselo, admito que no fue el mejor momento ni el modo, pero debes de entenderme… —Me aclaré la garganta, señalando a Orión— Te escuché hablando con él, no quiero que te vayas Albsev, esta es tu casa… es… —Me lo pensé por unos segundos, y aunque sabía que aquello sonaría por demás lambiscón lo dije, observando a Orión—... es la casa de todos, hasta tuya Orión, y no quiero que se vayan. —Mi primo volteó a verme, negando con la cabeza.
—Tú no vas a dejar de entrometerte en nuestra relación y me estoy cansando de tus malditas insinuaciones. —Le di una mirada furtiva a Albsev, quien observó al suelo, como dejando que Orión descargara toda su rabia, sin tan siquiera pretender callarlo como tantas veces lo había hecho.
“Así que jugarás a hacerte el noviecito que se deja defender… ¿no?... ¡Ok! Yo también sé jugar, Albsev”.
Puse mi mejor rostro de jactancia.
—Bueno… prometo que de ahora en adelante no les voy a molestar más… —La puerta de la entrada principal se abrió, dejando ver el rostro sonriente de Terius, quien llegó a la casa como siempre lo hacía a la hora del almuerzo, no solo para comerse mi comida, sino para ver cómo me portaba.
—Además… yo ya tengo pareja… ya no me interesa si ustedes dos están juntos, solo no quiero que se vayan. —Los cuatro jóvenes en aquella habitación me miraron incrédulos ante aquella repentina revelación.
—¿Tú tienes pareja? —preguntó Astaroth, a lo que yo asentí cruzándome de brazos.
—¿En serio le creen? Solo nos está viendo la cara —soltó Orión, mientras que el flaco, dejando su maletín sobre la licorera, se abrió paso por entre los muchachos, preguntándome rápidamente.
—¿Así que tienes novio?... ¿Y se puede saber… —No le permití terminar la pregunta, aferrándole del saco gris que traía, plantándole tremendo beso en los labios, lo cual dejó en blanco, no solo a Terius, sino también a los tres muchachos que nos miraron con la boca abierta.
No moví los labios, solo pegué los míos a los de Terius, sin tan siquiera abrir la boca, soltándolo rápidamente, preguntándole, después de acomodar su saco, con el tono más fingido que pude soltar.
—¿Cómo te fue hoy? —Albsev permaneció perplejo, mientras que Orión apretó los labios para no reírse, sobándose la frente, y Astaroth mantuvo en alza una de las cejas, tan divertido como escéptico, escuchando la respuesta poco creíble de Terius.
—Aamm. Bien, bien… ¿cariño? —Sin duda aquella estupidez le hubiese hecho acreedor de un par de buenos bofetones, pero tenía que seguir la fachada que había montado delante de los muchachos para salirme con la mía.
—Como me alegra… “mi rey” —Orión soltó una carcajada, mientras que Astaroth se recostó, negando una y otra vez con la cabeza, y Albsev siguió en aquel estado de shock, sin dejar de vernos con la boca abierta.
—Cierra la boca, Albsev —le pidió Orión al chico, quien al fin pestañeó, cerrando la boca, sintiendo como Terius posó su brazo sobre mis hombros, apretándome contra su cuerpo, a lo que yo simplemente le palmeé la pierna.
—¿Es un juego o en serio son novios? —preguntó Astaroth, meciendo la pierna que mantuvo cruzada sobre la otra, rascándose la barbilla.
—¡Sí, claro!... claro que somos novios… —respondió Terius, tomándome del mentón, cubriendo mis labios nuevamente con los suyos, mientras traté de quitármelo de encima.
—Terius, basta —balbuceé entre sus labios, sintiendo como trató de meter su lengua, codeándole tan fuerte el costado, que terminó con un intenso dolor que lo retorció de lado—. Contrólate, ¿quieres? —Fruncí el ceño, limpiándome la boca, mientras pude notar el color rojizo de las mejillas de Albsev, quien parecía no poder creer aquello.
—¿Qué pasa, Al?... —pregunté en un tono amable.
—Ustedes dos no pueden ser novios —Alcé una ceja extrañado, mientras Orión y yo preguntábamos al unísono el porqué de aquella afirmación—. Jamás le prestaste atención a Terius… ¿Por qué ahora sí?... Es tu venganza, ¿no?... ¿Un primo por otro? —Coloqué la mano en mi pecho, mientras negaba con la cabeza.
—Albsev, me ofendes… yo jamás haría algo así. Simplemente, sucedió… así como lo tuyo con Orión. Me gusta el flaco… ¿Por qué es tan difícil para ti aceptarlo?
—Sí, Al. ¿Por qué no puedes creer que Thomas esté interesado en mí? —preguntó Terius en un tono molesto.
Ahí iba de nuevo a meter mi veneno para que comenzaran las disputas entre Albsev y Terius, así como Orión y yo, los cuales no parábamos de discutir.
Se escucharon pasos detrás de nosotros, indicándonos que Stephano bajaba las escaleras, mientras yo no aparté la vista de Albsev, quien me miró como pidiéndome que desmintiera aquello y no le hiciera quedar mal delante de su primo/hermano.
—Bueno, Al, estamos en eso… no es que yo lo ame o algo así, simplemente… pues… —Me pensé varias veces lo que iba a alegar, hasta que Astaroth soltó, empeorando las cosas.
—Terius es solo un desahogo, Al. —El aludido apartó el brazo de mis hombros, observando fijamente a Astaroth, quien le sonrió sarcásticamente justo cuando Stephano se acercó a él, explicándonos lo que había sucedido con Emma.
—Ya se durmió. No paró de llorar, así que tuve que pedirle a Whinish que trajera leche tibia con quince gotas de valeriana para que se calmara.
Aquello sin duda no me dejó muy bien parado. Albsev volvió a fruncir el ceño, clavándome su inquisidora mirada, tratando de ignorarle, escuchando lo que Terius soltó a continuación.
—Entonces según tú, yo soy el “desahogo” de Thomas. —Astaroth se encogió de hombros, abrazando a Stephano por la cintura, respondiendo a su pregunta.
—No te ofendas T., pero no es contigo el agravio, sino con él… sé de antemano que Thomas no sabe querer a nadie y que lo más seguro es que tú
—¿Tú qué sabes si yo sé amar o no?... ¿Qué sabes de lo que yo pueda llegar a sentir por alguien?... —Astaroth rodó los ojos, mientras Albsev posó una mano en mi rodilla, tratando de calmar aquel ataque de rabia que estaba a punto de explotar— No sabes nada de mí… no tienes ni la más remota idea de lo que sufro a diario… El que no esté entre ustedes la persona a la que amo… no quiere decir que no lo sienta, que no sepa sentir amor.
—Thomas, ya…
—No, Albsev, no voy a permitir que porque Astaroth tenga una relación amorosa como la de los cuentos de hadas, me diga a mí que no sé amar. —Astaroth tornó el rostro serio sin decir nada, escuchando como golpearon a la puerta tan fuerte, que todos quedamos mudos ante los tres golpes que hicieron temblar hasta los vidrios de las ventanas conjuntas.
Albsev, quien se encontraba sentado en la mesa de en medio, se levantó justo cuando Whinish apareció frente a la puerta, girando la manilla de ésta, la cual se abrió tan estrepitosamente, que la erkling terminó estampada contra la pared, mientras el indeseable rostro de Artemisa se dejó ver con la cara más endemoniada que le pude haber visto jamás.
—¿Mamá? —La voz de Orión tenía aquel típico timbre de asombro, que delató no solo su desconcierto, sino también el terror de ver la cara de aquella mujer, la cual no tenía nada que envidiarle a “Linda Blair” en la película El exorcista”.
Orión se levantó de su asiento y dos buenas bofetadas fueron a dar contra su rostro, sentándolo tan abruptamente de nuevo sobre el sofá, que hasta yo me asombré de aquello.
—EXPLÍCAME CÓMO ES ESO QUE ERES UN ASQUEROSO MARICON —Albsev trató de acceder a mi primo, quien se acarició el rostro a punto de romper en llanto, siendo atrapado por la endemoniada mujer, quien le tomó de los cabellos, zarandeándolo como si fuese un monigote—. Y con esta porquería de Townsend.
El chico gritó, mientras que Orión se levantó tan rápido como yo lo hice, tomando a su madre por los brazos, mientras que yo atraje a Albsev, quien comenzó a llorar, abrazándole con fuerzas, y Stephano, quien se había quedado inerte, ahora le pedía a Astaroth que tratara de calmar a la mujer, pero no llegó ni a acercársele. Artemisa desprendió su broche, el cual ocultaba su báculo, apuntándole tan rápido a Astaroth que el chico no le dio tiempo ni a espabilar, arrojándolo de vuelta al sofá, cayendo sobre Stephano, haciendo que ambos rodaran unos metros más atrás, pegando contra la puerta del comedor.
Terius se había abalanzado sobre la mujer, pero esta no solo le atestó el báculo en la cabeza, rajándole la frente, sino que además le había lanzado una proclama de expulsión, después de empujar a Orión, haciéndolo caer al suelo.
—¡TÚ!... ERES TÚ EL CULPABLE, ASQUEROSO INVERTIDO DE PORQUERÍA… — Artemisa me apuntó con su báculo, mientras le observé fijamente, plantándome frente a ella sin importar que pudiese salir herido, ya que me encontraba desarmado—Tú debiste sodomizar a mi hijo desde pequeño, sucio pervertido, enfermo mental, asquerosa rata… —No dejé que siguiera con su retahíla de insultos, y opté por usar uno de los trucos sucios que había aprendido con Albert para deshacerme de esta maldita mujer a la que tanto odiaba.
Posé mi mano sobre su báculo, el cual se cerró al instante, aferrando la de ella, la cual sostuvo el broche, apretándole tan fuerte que los dedos tronaron y la mano comenzó a sangrar, imaginando que el broche le estaba rompiendo la palma, mientras la mujer comenzó a desfigurársele el rostro ante el dolor, aferrándola del cuello, tan fuerte, que en cuestión de segundos su rostro se tornó tan rojo, que los vasos oculares estaban a punto de reventar.
—Tú no entras a mi casa con esas ínfulas y me insultas a tus anchas, maldita frígida, no eres nadie para entrar aquí sin mi consentimiento…
—Thomas, suéltala… —pidió Orión, sin dejar de abrazar a Albsev, mientras clavaba mis uñas en la delicada piel de su cuello, escuchando como se ahogaba, blanqueando los ojos, sin que pudiese controlar aquella aprehensión que ejercí sobre ella, donde unos largos y delgados brazos me tomaron por sorpresa, halándome hacia atrás, justo cuando Orión tomó a su madre, la cual cayó hacia atrás a punto de dar contra el suelo, percibiendo el temblor en mis manos, aquellas que habían estado a punto de estrangular a la indeseable mujer.
—Cálmate Thomas, respira… vamos, has aprendido a controlar esa ira, no vayas a retroceder ahora, por favor… tanto tú como yo deseamos que te otorguen el permiso, mírame Thomas. —La voz de Terius, aunque me hablaba al oído, pude percibirle a distancia, encontrándome tan alterado, que por un momento sentí que no me encontraba en aquel lugar, era como si estuviese en un cuerpo que no era el mío, aún tenía las manos engarrotadas por aquella aprensión, volviendo a percibir los sonidos, formas y olores a mi alrededor, escuchando toser ahogadamente a Artemisa, la cual estaba siendo atendida no solo por su hijo sino también por Stephano, mientras que ahora era Astaroth quien trató de consolar a Albsev, quien aún seguía tan perturbado como Orión, el cual dejó ver en su rostro tanto el dolor, como la rabia que lo embargaba, donde unos ojos rojos y vidriosos demostraron lo mal que el chico la estaba pasando.
Por unos segundos todo me dio vueltas y fue allí cuando mis fuerzas cedieron, dando paso a un fuerte mareo, junto a unas náuseas, que amenazaron con descompensarme el cuerpo, cayendo lentamente sobre el sofá con ayuda de Terius, quien dejó que me deslizara sobre éste, volviendo a escuchar el odioso tono de voz de Artemisa.
—Maldito seas, Thomas Lestinger, no sabes el odio que te tengo. —La mujer tosió, sin dejar de insultarme, mientras yo abrí los ojos, para enfrentar nuevamente a la ofuscada fémina, quien apretó con fuerzas la mano herida sobre su ropa, observando el pequeño broche en forma de flor, tirado en el suelo lleno de sangre.
—Fuera de mi casa, ¡bruja!… —Terius acarició mi frente, la cual estaba empapada de sudor— Por mí puedes supurar todo tu maldito veneno en contra de mí, pero lejos de mi casa y de mis dominios, ve a hacerle la vida miserable a alguien más, yo tengo suficiente mierda en mi vida como para soportarme tus ataques homofóbicos, tanto en contra de tu propio hijo como de mi persona. —Artemisa, quien ayudada por su hijo, comenzó a incorporase, trató de acceder nuevamente a mí, alzando la mano para atestarme una bofetada, siendo detenida por Orión, quien le pidió que se calmara de una maldita vez.
—Tú eres mi hijo, ¿cómo puedes defender a esta basura?
—No le estoy defendiendo a él, estoy tratando de protegerte, Thomas te ha hecho daño y tú tratas de arremeter de nuevo en su contra. Debes entender algo, madre… —La aludida se giró para verle—… soy gay porque así lo he decidido, no porque Thomas sea el causante.
—Pero él fue quien te indujo…
—Jamás me obligó, siempre fue por mis propios deseos, yo… —Orión volteó a verme, y por una fracción de segundo, pude sentir cierta añoranza en sus ojos, o a lo mejor eso quería creer—… Yo amaba a Thomas, y aunque él jamás me correspondió, no me arrepiento que él haya influido sobre mis gustos sexuales.
La ira de Artemisa volvió a tomar fuerzas, alzando nuevamente la mano hacia el chico, quien simplemente cerró sus ojos, levantándome tan rápido del sofá, que por un momento se me había olvidado todo el malestar que sentía, deteniéndole la mano a la irritada mujer a escasos centímetros del rostro de Orión, empujando al chico hacia atrás, zarandeándola nuevamente, pegando mi rostro al de ella, sosteniéndole la otra muñeca, para que no se le ocurriera la brillante idea de atacarme.
—Ahora sí pretendes ser la madre abnegada que le importa la vida de su hijo, ¿no?... Vives viajando por todo el mundo y solo vienes para su cumpleaños, Acción de Gracias, Navidad y fin de año… crees que eso te hace ser una extraordinaria madre, ¿cierto?... —La mujer trató de soltarse, mientras todos observaron atentos a lo que sucedía entre ella y yo— Lo llenas de dinero y regalos, como si eso fuese a cubrir tu ausencia, y aunque el chico no se da cuenta por el amor incondicional que te tiene, yo sí me he percatado que eres una basura. —Le empujé y la odiosa mujer trastabilló, inclinándome para recoger el broche, arrojándoselo de mala gana.
—Vete de mi casa, Artemisa… me da igual tu ataque homofóbico, puedes reventarte de la rabia, pero no en mi casa, ni en mi presencia. No le debo nada a nadie y si Lucian, Azcassia y Randall, no me menosprecian por mis tendencias sexuales, no permitiré que tú lo hagas, ni a mí, ni a mi primo, así que te pido… no, ¡te exijo! que te retires o voy a soltar a Bell y no voy a detenerla.
La rabia que la mantuvo en una ceguera irracional, volvió a hacerla víctima de una posible agresión, no solo de mi parte, sino también de parte del animal, quien no se detendría ante una orden dada por mi persona, pretendiendo agredirme nuevamente, siendo Orión quien detuviera su ira, halándola con fuerzas del brazo, pidiéndole de un modo enérgico.
—Ya basta, mamá. Hablemos en otro lugar, pero quiero que te calmes. —A lo que la mujer, empujando al chico, le espetó, casi en un tono histérico.
—No me llames mamá… yo no tengo un hijo sodomita, no vuelvas a llamarme madre por el resto de tu vida. —Jamás tuve una madre, jamás supe lo que era el amor de una, salvo el que me había entregado tía Azcassia, y aunque aquellas palabras no habían sido conmigo, fue un golpe tan fuerte, que no hubo nadie en la sala que no hubiese hecho un gesto de dolor, indignación y desdén hacia aquella mujer, quien no merecía ser llamada madre.
Orión se quedó inmóvil frente a ella, quien le dio una última mirada a cada uno de los presentes, y encaminándose a la puerta, salió como alma que lleva el diablo, arrojando tan fuerte la puerta, que por un momento pensé que traspasaría hacia el otro lado.
Nadie habló, nadie movió un músculo, todos atentos a la mirada perdida del chico, quien miró a la puerta, como si aún no hubiese asimilado las duras palabras que le habían sido restregadas en la cara.
Miré a Albsev, quien siguió inmóvil junto a Astaroth, carraspeando la garganta para llamar su atención, volteándose a verme, haciéndole un gesto con la cabeza, de que se le acercara.
Albsev comenzó a caminar hacia Orión, y a pocos centímetros de él, este reaccionó echando su cuerpo hacia atrás, girándose sobre su eje, caminando hacia las escaleras, apartándome no lo suficientemente rápido para que pasara, sintiendo como me tropezó el hombro, aunque sabía que aquello no lo había hecho con ninguna mala intención, el lugar era estrecho y entre su abrupta huida y mi lenta actuación habían causado aquel leve choque.
—Ve con él, Al —pidió Astaroth a su mejor amigo, quien se había quedado inerte nuevamente—. Sé que maldecirá, acabará la habitación y llorará a mares, pero sé que desea estar a tu lado, ve. —No volteé a verlo cuando me pasó por el costado, alcé la mirada para encontrarme con la de Terius, quien estaba tan serio que por un momento pensé que le había dado algo, hasta que habló.
—Esa mujer está loca. ¿Cómo puede tratar así a su propio hijo? Mis dos madres jamás me trataron de esa manera cuando se enteraron de mis inclinaciones sexuales, ni siquiera Ginette, que es tan jodida con esas cosas, me trató tan mal como esa… —Calló por unos segundos, sobándose el golpe en la cabeza, siendo yo quien concluyera aquel insulto.
—¿Perra?... sí, lo es… no se merece ni si quiera una consideración, alguien que jamás ha sabido entregarlo, no puede pretender recibir respeto, lo siento… siempre he sido un caballero con las damas, cuando hay una verdadera dama en frente de mí y esa tiene de dama lo que yo tengo de santo, así que no te detengas a la hora de insultarle, ella no vale la pena.
Caminé lentamente hasta las escaleras, dejando a Astaroth y a Stephano en la sala, sintiendo como Terius subió tras de mí, llegando hasta mi habitación, donde me giré, observando mi reloj de pulsera.
—Te queda media hora para volver a la oficina, ve a almorzar mientras yo tomo una siesta antes de mi cita con Scheffer. —Aquel semblante sombrío ante lo que había sucedido, se había esfumado, dando paso a una sonrisa socarrona.
—¿Sabes que amo cuando me tratas así? —Fruncí el ceño, suspirado pesadamente, poniendo los ojos en blanco.
—¿Así cómo?
—Así como un esposo preocupado por su pareja.
Apreté con fuerzas los labios, no solo para ahogar la sonrisa que amenazó con brotar de mis labios, sino para no soltarle una de mis histriónicas respuestas que casi siempre eran para dejarlo en el suelo.
—Ve a comerte “mí” comida, que a eso es que vienes, ¿no? maldito infeliz, así que cállate la boca. —Giré sobre mis pies, sintiendo como posó su mano sobre mi hombro, preguntándome en voz baja al oído.
—¿Te han seguido los mareos? —Ladeé el rostro, asintiéndole— Traeré a un doctor… —Me giré bruscamente, observando hacia el pasillo que daba a la habitación de Orión y luego a la de las escaleras, tratando de hablar bajo.
—No quiero más médicos contratados por Crow, no quiero más esta mierda, si tengo algo grave no quiero que nadie lo sepa, ¿está claro? —Él me asintió, acercándose a mí.
—Prométeme que si Leónidas te da el permiso, vamos a hacerte todos los análisis. —Le asentí nuevamente con desgano, adentrándome a la habitación.
—Voy a dormir, no tengo hambre… quiero descansar, imagino que volverás a la noche. —A lo que respondió, sonriéndome con picardía, posando su mano sobre el marco de la puerta, ladeando la cabeza de medio lado, respondiéndome en un tono seductor.
—Sé que te gusta saber que siempre volveré, te gusta tenerme en tu cama y… —Le arrojé la puerta a la cara con tanto ímpetu, que se dejó escuchar un grito y la maldición del flaco, imaginando que le había pisado un dedo o le había golpeado la nariz con ésta, me daba igual; el que usara aquellas mismas artimañas de seducción que yo solía usar, me ponía de malas, yo era el activo, el seductor, y que se quisiera lucir con mis propias armas de seducción un idiota como Terius, sin duda golpeaba mi intelecto.
“¿Acaso no te dejaste seducir por Albert como un tímido e inocente pasivo?”
Por supuesto esa autopregunta no deseaba ser respondida. ¿Por qué no podía dejarme seducir por Terius?... Claro, no era apuesto, adinerado, una celebridad como el vampiro, el ser más peligroso del mundo según Lucian, pero jamás me dejaría seducir por un pelele, por un pobre diablo, un joven que lo único simpático que tenía, aparte de la personalidad, eran sus grandes y expresivos ojos verdes.
Me recosté sobre la cama, acomodando mi cuerpo de medio lado observando al closet, recordando lo que había sucedido hacia unos minutos atrás, antes de la intromisión de Artemisa donde aquel brillo en los ojos de Terius ante el pequeño beso fingido, junto al alegato de que éramos una pareja, era indicativo de lo fácil que se le hacía feliz, y si así era… ¿por qué no darle esa dicha?... yo ya estaba roto, no servía, me sentía incompleto y trataba de llenar el vacío que seguía persistente en mi pecho con momentos al lado de mi hija y tratando de recuperar un amor que no volvería a tener nunca más.
“No quiero herirte, pero te debo tanto”.
Negué con la cabeza, el tener una relación con alguien por simple gratitud era sin duda la peor de las bajezas, me hice un mohín cerrando mis ojos, sin ánimos de seguir divagando en aquello que me estaba atormentando por casi tres meses.

*********

—¿Y bien?... —pregunté mientras contemplaba el semblante inexpresivo en el rostro de Leónidas, quien siguió escribiendo en su libreta, observando cómo los anteojos se iban rodando lentamente por el puente de la nariz.
El psicólogo no dijo nada, mientras yo trataba de no morderme las uñas, jalarme el cabello o algún gesto que denotara la impaciencia que me estaba consumiendo, ante el deseo de saber si obtendría o no el visto bueno de aquel hombre, quien siguió jugando con mi paciencia, imaginando que trataba de sacarme de mis casillas y así no otorgarme el permiso.
—Haremos primero un ejercicio. —Rodé los ojos, aunque él no lo había notado, cambiando rápidamente mi semblante, que amenazó con ser osco y odioso, por otro condescendiente y amable.
—Levántate —Lo hice con cierto recelo, ya que siempre me salía con alguna loca terapia que me dejaba o molesto o incómodo, pensando que podría estarse tramando ahora—. Acércate. —Acaté la orden y apenas me acerqué al anciano, éste me tomó por la mano halándome tan bruscamente que trastabillé cayendo sobre sus piernas, tratando de incorporarme, sintiendo como el hombre me apresó por la cintura.
—Pero… —Apoyando la mano sobre el pecho de aquel hombre, quien me miró divertido, clavé mi furiosa mirada sobre él, el cual siguió apresándome contra su cuerpo con fuerzas.
—¿Cómo te hace sentir esto?
—¿Cómo?... —respondí con una pregunta, sin dejar de verlo por demás molesto— ¿Cómo, qué cómo me hace sentir?... Incómodo por supuesto, ¿cómo crees que puedo sentirme ante algo así?... ¿Qué pretendes? —Leónidas sonrió aún con aquel gesto divertido ante el semblante de mi rostro, mientras seguí intentando soltarme sin éxito.
—¿Por qué te sientes incómodo? —preguntó y esta vez su semblante cambió a algo más serio.
—Pues porque, porque me estás tocando y no entiendo este tipo de terapia tuya… ¿quieres soltarme? —Leónidas negó con la cabeza— No sé a qué juegas, pero no me agrada…
—No estoy jugando Thomas, quiero hacerte sentir querido. —Aquello me dejó frío.
—¿Qué? —Comencé a forcejear con mayor ímpetu, golpeándole el pecho ante los prominentes empujones, deseando que me soltara de una vez— Suéltame maldito enfermo, tú no eres mi tipo, eres muy viejo para mí, suéltame te digo. —El doctor me soltó tan rápido que terminé cayendo al suelo, levantándome tan rápido como había caído.
Tomó su libreta y comenzó a escribir de nuevo, mientras yo apretaba las manos en un puño, clavándome las uñas en la palma de la mano, ante la rabia.
—Puedes sentarte —soltó casi en un tono imperativo; no sabía qué hacer, si putearlo, maldecirlo o simplemente largarme y dejarlo allí, pero necesita el permiso, lo ansiaba de hecho, tanto que por unos segundos no me lo pensé, rechazándolo, pudiendo haber conseguido más de él.
Era extraño, sabía que mi rechazo no era por la violación, más bien era como que no deseaba olvidar las caricias y los besos de Albert, como si el dejar que me tocaran pudiese borrar todo aquel recuerdo que aún permanecía aferrado a mi piel; aunque el último contacto sexual hubiese sido el de aquellos tres vampiros, mi cuerpo seguía albergando los de él.
No me había percatado que había tomado asiento hasta que Leónidas posó su mano sobre mi hombro, haciéndome voltear a verlo.
—Quería entender tu postura como padre —Fruncí el ceño—. Debe ser difícil para ti entregar el afecto que jamás te han dado, y aunque has tenido a tus tíos, padre es padre y esa carencia…
—Yo no necesité nunca un padre, no me vengas con esas idioteces a mí —respondí en un tono cortante, cruzándome de brazos.
—Acabo de hacer una prueba, te di afecto paternal, ¿y que hiciste tú?... lo confundiste con lo único que te han dado, sexo… en ningún momento pasó por mi mente lo que pasó por la tuya, Thomas… no pudiste pensar que simplemente quería hacerte sentir querido, pensaste en que deseaba tu cuerpo, así como todos los que han querido acceder a ti y tú has dejado que eso suceda, que esa carencia de afecto la llene el sexo que te dan.
No podía creer aquello, no me cabía en la cabeza que estuviese psicoanalizando hasta mi sexualidad y mis sentimientos, se suponía que estaba allí para tratar mi ira, mi deseo de dominar a todos y a todo, y ayudarme a sobrellevar mi violación, no a pretender que la falta de amor o afecto sea el causante de todo aquello.
—Yo no necesito afecto y no creo… —El psicólogo alzó la mano para hacerme callar.
—Te sentiste a gusto con el papel de tío hasta que no te sirvió más para tus objetivos… ¿cierto?... le soltaste a la niña que eras su padre porque ya te habías quedado sin argumentos válidos para retener a Albsev, y sin pensar en el daño que le hacías a la pequeña, vienes a decirle que eres su padre, hiriéndola sin que aquello te valga en lo más mínimo porque solo pensabas en ti.
Me quedé callado, ¿cómo alegar algo a mi favor a tan fuertes palabras?, ¿cómo desmentir que todo aquello no era cierto, que no pensé en nadie más que no fuese en mi persona y que era una basura como padre, que en efecto confundía el amor con el sexo, temiendo que a lo mejor todo lo vivido con Albert fuese tan solo una ilusión?
Se levantó, y tomando sus cosas, se despidió de mí encaminándose a la puerta, soltándole rápidamente, aunque bien sabía su respuesta.
—No me otorgarás el permiso… ¿Cierto?... Me castigarás sin darme lo que tanto anhelo y dirás “no te lo mereces por lo que le has hecho a Emma”, ¿no es así? —Leónidas se volteó, después de abrir la puerta del despacho, y dándome una sonrisa amable, respondió sin hacer ningún gesto de pretender  reprocharme nada.
—El permiso ya lo tienes, voy a la oficina de Alexander a entregárselo. ¿Qué pensabas?... ¿Qué te lo entregaría a ti? Se supone que debe caer primero en sus manos y de allí a las de Terius, no voy a castigarte más de lo que tú mismo lo haces, tu cara me dice que estás arrepentido, y aunque sé que aún no aprendes la lección, ya Terius hará lo justo para ello. Que tengas buen día, Thomas.
Salió del despacho dejándome tan pasmado como desconcertado, me daba el permiso, pero había un precio ¿y eso me lo haría pagar Terius?
“Pan comido”, soltó una vocecita interna, mientras otra me respondió tan rápido como la primera.
“Terius no es Albsev, Thomas, y eso te lo ha demostrado”.
Terius, a pesar de ser por demás condescendiente, cuando se le atravesaba el Bradley con el Townsend junto a los genes lobeznos heredados de su madre, era de armas tomar, pensando que sin duda esta condena era mucho peor que la primera impuesta por Alexander.


*********

Observé el techo de la habitación en completo silencio, aunque no se podía ver mucho a oscuras, prácticamente enfocaba la vista a un punto muerto, pensando en lo que me había dicho Terius después de cenar.
—En vez de jugar a hacerte el noviecito cuando te conviene, ¿por qué no te enserias conmigo y me dices que sí? —alegó el flaco después de terminar la cena, hablando en el comedor, el cual se había quedado a solas después de compartir la cena con Astaroth y Stephano, quienes disculparon a Orión y a Albsev, por la ausencia, alegando que Orión no deseaba comer y Albsev trataba de incitarle a ello.
—No seas idiota, T., sabes que no puedo corresponderte como tú quieres.
—¿Según tú qué quiero yo? —pregunto él con aire despreocupado.
—Que te amen como dices amarme. —Terius bufó por la nariz, mientras negó con la cabeza.
—Te equivocas, no pretendo que me ames, todos sabemos muy bien a quien amas, lo has dejado muy claro al mediodía unos minutos antes de que llegara la señora Artemisa y no pienso competir con eso, tampoco te diré que soy el indicado para hacerte olvidar, y mucho menos que haré que te enamores de mí locamente, lo único que quiero es algo más formal y que seas menos… Mmm… ¿Cómo decirlo? ¡Falso y manipulador de tu parte!... Sería sin duda más grato para mí.
Por supuesto yo había decidido cambiar el tema, terminando la conversación con lo del permiso, preguntándole que haríamos apenas fuese otorgado, donde su respuesta no me había agradado en lo más mínimo.
—Pues antes de llevarte a pasar una semana a mi departamento, te llevaremos al médico, al que te plazca, pero no podemos darle más largas al asunto de los desmayos.
Giré mi cuerpo hacia la izquierda, dándole la espalda al chico que dormía a mi derecha, quien se removió sobre la cama, volviendo a quedar inmóvil, observando la tenue luz que se adentraba por la ventana, percibiendo que las cortinas se encontraban inmóviles ante la ausencia de viento en los alrededores.
“¿Novios?”, sonaba tan estúpida aquella palabra entre dos hombres que me hacía reír, negando con la cabeza.
—¿Qué te tiene tan entretenido? —La voz de Terius a mi espalda me hizo retomar la postura anterior, colocándome de frente, posando mi brazo derecho sobre mi rostro.
—¿Por qué no te has dormido? —A lo que respondió con una pregunta.
—¿Por qué no te has dormido tú?
—Sabes que paso tanto tiempo durmiendo de día, que he convertido la noche en mis días.
—Pues deberíamos aprovechar ese insomnio en algo más productivo que dar vueltas en la cama uno al lado del otro. —Ahí iba de nuevo con sus insinuaciones, aunque debía de admitir algo, Terius jamás me irrespetaba o se me arrojaba encima, como lo solían hacer muchos otros, y era precisamente ese respeto lo que lo hacía acreedor de un lugar en mi cama.
—Duérmete, quien tiene que trabajar eres tú, no yo… ¿recuerdas?... perdí mi empleo. —A lo que respondió, desarropándose un poco, ya que aunque no hacía calor, tampoco hacía frío como para estar tan cobijado.
—Pues ahora que podrás salir bajo mi cuidado, muy bien podrías ayudarme con mi trabajo. —Sin duda aquello me atraía, el estar ocupado en lo que me gustaba, era un cambio radical.
—¡Vaya!... de ser el abogado número uno del Heliea, a ser el asistente del fiscal… no me suena muy llamativa la propuesta, pero me lo pensaré.
—Si te lo vas a pensar como te has venido pensando lo de nosotros, me sentaré a esperar la respuesta. —No respondí a ello, simplemente me limité a permanecer callado por unos minutos, sintiendo como se volvió a remover sobre la cama.
Pasar una semana en el departamento de Terius no era precisamente la libertad que me esperaba, pero por lo menos sería un cambio de ambiente ante la monotonía que me habían parecido estos tres meses encerrados en mi propia casa, deseando por primera vez en mucho tiempo, visitar a mis tíos, a los cuales siempre les había dado excusas para no verlos.
El tacto de unos dedos cálidos, debajo de mis sábanas, me hizo encoger el brazo, sintiendo como apresaron los míos entre los suyos, haciéndome sentir incómodo.
—T. no hagas que te mande al sofá. —A lo que riendo, respondió sin hacer gesto alguno de pretender soltarme.
—Es solo un gesto de cariño, Thomas, no te estoy pidiendo sexo. —Ahí iba nuevamente, esa incomodidad, esa molestia de darme cuenta que Leónidas tenía razón, siempre confundía el sexo con los sentimientos y creía que aquel insignificante gesto de tomarme de la mano era una invitación al coito.
—¿Terius? —El joven me dio su afirmación de estarme prestando atención con una onomatopeya casi audible, imaginando que estaba comenzando a sucumbir ante el cansancio— ¿Por qué quieres ser mi novio a pesar de que sabes que no puedo amarte? —A lo que respondió, haciéndose un mohín, sin dejar de tomarme de la mano.
—No es que no puedas amarme, es que no quieres… pero el porqué de quererte como novio es que eres tan especial para mí que la palabra amante no entra en mi campo de percepción ante lo que quiero contigo, no es solo acostarme por una noche, sé que me podrías dar eso y borrón y cuenta nueva, pero desde el día que te vi, ¿sabes lo que me dije? —No quería preguntar, pero igual formulé la pregunta, a lo que Terius respondió— Es ese chico al que quiero como mi pareja, mi esposo, mi todo.
No supe cómo reaccionar a aquello, ni siquiera deseaba dar una respuesta, simplemente me quedé allí, observando a la nada, deseando que aquel par de golpes en mi pecho no fuesen más que una arritmia ante mis mareos y mi debilidad física, y no porque este idiota me hiciera sentir cosas que no deseaba sentir por él.
—Amantes puedo tener los que me plazca, Thomas… el dinero compra hasta eso, pero despertar en la mañana y darte cuenta que después de un polvo estás nuevamente solo en tu cama, Te hace sentir un vacío que poco a poco te va consumiendo, pero cada vez que me regalas el privilegio de dormir a tu lado para luego despertar y darme cuenta que quien duerme a mi lado es la persona por la que siento algo más que deseo, es simplemente, sublime.
Sacudí mi mano, apartándola de la de él, quería mandarlo a callar, quería decirle que se fuera al demonio, o mejor aún, que se largara a dormir al sofá, pero simplemente le di la espalda, odiándole y odiándome por no querer darle una oportunidad, y que aún cuando fracasara, saber que me quedaba de él, el mejor recuerdo de mi vida.
—Buenas noches, Thomas. —Su condescendencia me hacía sentir aún peor, Orión hubiese llorado, Albsev me hubiese reñido y pedido una explicación, Kimberley hasta una rabieta de cuaima me hubiese arrojado encima, Lyra sería igual o peor que Kimberley, y Albert simplemente me hubiese tomado, haciéndome el amor hasta hacerme cantar todas las respuestas posibles ante aquella revelación o simplemente las habría buscado en mi mente.
Pero Terius no, él no me retaría en cuanto a sentimientos se tratase, él esperaría, me daría mi espacio y me entendería, y entonces… ¿Por qué no le daba la oportunidad que tanto ansiaba?... ¿Por qué no dejarme querer?... él no me exigía que le amara, simplemente me pedía que me dejara querer, no que se lo retribuyera, ¿y sí siempre fui un egoísta?... entonces, ¿por qué ahora simplemente no dejaba que me dieran lo que deseaba darme sin entregar nada a cambio?
“Has aprendido a amar… Albert te enseñó lo que se siente amar y ser amado, y por más egoísta que seas, te incomoda el no darle algo a cambio a Terius”.
Suspiré, girándome lentamente hacia el otro lado, y aunque no pude ver con claridad su rostro, el lento movimiento que hizo subir y bajar sus hombros al respirar, era indicativo de que ya estaba dormido.
—¿Por qué no intentarlo?

Me dije en voz baja más para mí que para él a sabiendas de que no me respondería, y posando mi mano sobre la de aquel que dormía plácidamente a mi lado, dejé que tanto el sueño como la calidez de mi acompañante abrazaran mi cuerpo hasta caer preso de la inconsciencia, no sin antes percibir un leve movimiento en la cama y unos brazos que me cobijaron, sin tan siquiera pretender apartarme de ellos, y mucho menos, alejar la pesadez de aquel sueño, que amenazó con ser uno de los pocos gratos que tendría, desde hace más de tres largos y tormentosos meses.


Espero con ansias sus comentarios ^_^

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